Vivimos en un mundo de contrastes que rozan el absurdo. Mientras vemos en alta definición los cráteres de la Luna y las dunas de Marte, aquí al lado seguimos despedazándonos por un palmo de tierra o por una bandera. Hemos aprendido a enviar máquinas a millones de kilómetros con una precisión quirúrgica, pero todavía tropezamos con lo más básico: sentarnos a hablar antes de disparar.
Nos venden el espacio como sinónimo de progreso: una misión de ciencia, de futuro, de paz. Y sí, el espacio es fascinante. Pero ese discurso suena vacío cuando miramos la factura. Se repite lo de “no hay dinero” para lo esencial —para la sanidad, para la educación, para que la gente mayor viva con dignidad— y, en cambio, siempre aparece una partida multimillonaria cuando el menú incluye misiles, guerra o escaladas “inevitables”.
Si de verdad quisiéramos progresar, el camino no es vertical, hacia las estrellas, sino horizontal: de persona a persona. La verdadera carrera no debería ser por llegar más lejos, sino por vivir mejor juntos.
Imaginad por un momento qué pasaría si toda esa energía —el talento de los ingenieros más brillantes y el torrente de dinero que engulle la industria de la guerra— se invirtiera en construir, no en destruir. Aunque fuera para ir a la Luna. Al menos estaríamos levantando algo. Estaríamos compitiendo por ver quién llega más alto, no por ver quién entierra a más gente.
Queremos conquistar el silencio de la Luna porque no sabemos gestionar el ruido de nuestra ambición. Buscamos paz en un satélite muerto porque nos falta valor para fabricarla en un planeta vivo.
Y aquí viene lo más incómodo para los cínicos: decir “no” a la guerra, a veces, sí tiene retorno. Me he enterado hoy de una noticia que, sea cual sea la opinión de cada uno sobre Irán, deja una lección clara. En medio de la tensión del Estrecho de Ormuz, Irán ha señalado a España como país “no hostil” y se ha abierto a permitir el tránsito de buques vinculados a España por el estrecho, vinculándolo a la postura española ante la guerra. No es un premio moral: es geopolítica cruda.
Cuando no te metes en la gasolina de la guerra, a veces te ahorras el fuego. Y eso debería hacernos pensar. Si una postura menos belicista puede traducirse en seguridad de rutas, menos riesgo, menos tensión y, por extensión, menos impacto en precios y suministro, entonces el “no a la guerra” deja de ser una pancarta y se convierte en una herramienta.
Mientras algunos venden el progreso como una nave rumbo a la Luna, otros siguen invirtiendo el futuro en pólvora. Y, sin embargo, la realidad insiste: la paz no es solo un ideal. A veces es, literalmente, la diferencia entre poder pasar… o quedarte bloqueado en un estrecho.
Es hora de preguntarnos qué tipo de especie somos. Porque de poco sirve plantar una bandera en Marte si, al volver la vista atrás, lo único que vemos es una Tierra en llamas. El verdadero progreso no será llegar a la Luna; el verdadero progreso será el día en que deje de ser noticia que dos países prefieren hablar a disparar.
Fuentes (referencia de la noticia sobre Ormuz)